lunes, 20 de junio de 2016

El futuro es para los niños

 

“Los niños son el futuro”. Esta frase está escrita en bronce y echamos mano a ella cada vez que abogamos por la protección de los derechos de los niños, es el argumento más recurrente –si bien no alcanza a ser un argumento- a la hora de quejarse del trato inadecuado que recibe uno de ellos; la repetimos con la convicción de una verdad irrefutable.
Y es una buena frase, nos ha enseñado como sociedad a respetar a nuestros niños, a velar por su protección y bienestar y a no cerrar los ojos cuando vemos una injusticia cometida al indefenso. Nos orienta a buscar y a entregarles lo mejor, para que mañana sean hombres y mujeres de bien. Así, invertimos en su formación desarrollando un completo plan que se inicia lo más tempranamente posible, hemos escuchado que los primeros años son clave en la formación de su personalidad, entonces los ponemos en salas cuna y jardines infantiles de alto estándar, para que aprendan a interactuar desde pequeños y de este modo desarrollen sus habilidades sociales; elegimos el mejor colegio, ese que le asegurará un buen puntaje en la PSU para que entre a la universidad, y lo orientamos para que elija una carrera que le dé un buen estándar de vida –como aquel que le buscamos desde el comienzo, en la sala cuna-. Todo esto lo hacemos porque amamos a nuestros hijos y deseamos lo mejor para ellos, y está bien, es una buena frase la que nos inspira.
Que los niños son el futuro es una verdad irrefutable, pero no completa, porque quienes serán en el futuro dependerá de quienes son en el presente. Es aquí donde se encuentra el error de esta frase bien intencionada: los niños no son el futuro sino el presente.
Nuestros hijos no son un proyecto de persona, son persona hoy y merecen ser visibilizados con sus cualidades que los hacen únicos y sus necesidades actuales. Ello implica que, como padres y adultos responsables, debemos cambiar el modo en que planificamos y proyectamos sus vidas, porque lo que requieren hoy no puede esperar para cuando sean grandes.
Las necesidades de un niño tienen que ver con sus vivencias cotidianas actuales, con su entorno inmediato, con sus vínculos significativos. Su primera necesidad tiene relación con el amor, con sentirse querido e importante para alguien y así aprenderá a quererse y a querer, a “ser” para sí mismo y para los demás. Eso no se aprende en la sala cuna ni en el colegio, sino en familia.
Es por ello que no debemos descansar en el sistema educacional para la formación de nuestros hijos, sino asumir nuestra responsabilidad en ello, con un rol activo y protagónico en la construcción del vínculo, que es el eje de la formación de la persona integral, base de la adquisición de habilidades y destrezas, de la disposición a la curiosidad y el interés por el conocimiento, de la autoestima como base de la exploración del mundo. Lo que ofrece el sistema educacional es sólo un complemento a la satisfacción de sus necesidades por las que velamos los padres.
Pero no tenemos el control de lo que ocurra en el colegio, particularmente una de las cosas que más nos preocupa como padres hoy es el “Bullying”. Sabemos que no es algo nuevo, pero se ha visibilizado en el último tiempo. Y como no es nuevo y lo conocemos, sabemos también que existen razones para que nuestros hijos se vean expuestos. Realmente cualquiera está expuesto, la diferencia no la hace la familia que conforma el niño, si sus padres están separados, si tiene el apellido de su madre solamente –porque hubo un hombre que se negó a darle el suyo-, si es adoptado o si vive en una institución. La diferencia la hace la seguridad que muestra en su entorno y en su persona, en quien es.
Ahora bien, no debemos desconocer que el hijo que fue adoptado presenta mayor vulnerabilidad en su capacidad de vinculación, la primera experiencia con el entorno, el intrauterino y de recién nacido, dejó huellas en su formación como persona y requiere de mayor disposición y dedicación de sus padres para reparar la carencia que ello implica. Por lo tanto, en la búsqueda de complementos en la formación del niño, los padres deben tener en cuenta que la educación de calidad para él implica un entorno que reconozca y respete esto, dando espacios favorables para la reparación, comprensivo ante sus dificultades y estimulante para sus potencialidades.
Los niños son el presente y merecen que velemos hoy por sus necesidades y su bienestar, es así como llegarán a ser hombres y mujeres de bien.
Psicólogo Clínico Infanto-Juvenil
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