martes, 17 de enero de 2017

Cuando los padres adoptivos se separan


El quiebre de un matrimonio es siempre un proceso complejo y doloroso. Se rompen grandes expectativas y para toda la familia la situación es difícil. Y si los hijos son adoptados, una decisión de este tipo tiene aspectos distintos y fundamentales, que son importantes de considerar para actuar de la mejor manera y evitar un riesgo mayor: que los niños lo vivan como un nuevo abandono.
por Magdalena Pulido

La realidad puede ser dura, pero es la realidad: todos los niños sufren con la separación de sus padres, pero los hijos adoptados presentan una mayor vulnerabilidad, ya que los marca el trauma del abandono, producto de la separación temprana de su familia de origen. “Ellos cargan en su historia con un daño y necesitan ayuda para reestablecerse”, dice el psiquiatra Eduardo Jaar. Por lo mismo, la separación de sus padres tiene sobre ellos un mayor efecto a que si conformaran una familia con lazos sanguíneos.

“El dolor que implica la separación de los padres hace que un hijo adoptado reviva, ya sea consciente o inconscientemente, su vulnerabilidad y su sensación de desamparo. Ciertamente para ellos este proceso puede ser más tormentoso, los cambios pueden no ser bien tolerados y la sensación de ansiedad que se genera puede ser importante”, agrega el especialista.

Sin embargo, si bien el dolor existe y -con certeza- es imposible evitarlo, la buena noticia es que este proceso no necesariamente genera un nuevo trauma. La psicóloga Valentina Quinteros así lo explica. “Es un hecho: está la amenaza de que una separación matrimonial de padres adoptivos reedite o despierte en el hijo adoptado la experiencia de abandono. Pero también está la oportunidad de evitar una retraumatización y de lograr algo distinto”.
Las acciones que hacen la diferencia
En conversación con ambos expertos es posible detallar qué es lo más recomendado y eficaz para lograr dar la estabilidad necesaria, evitando despertar una mayor sensación de desamparo en un hijo adoptado.

En primer lugar, para Valentina Quinteros, un tema fundamental es la validación emocional.  Ésta se refiere a que la pareja que se está separando tome conciencia que, si bien son ellos los afectados por el quiebre, también lo son sus hijos, partícipes de  esta historia, y no se les puede negar ni minimizar su dolor. Sobre todo en estos casos, jamás se debe perder de vista la historia y los orígenes del hijo adoptado. “Validar su experiencia es estar con ellos, creerles sus sensaciones, respaldar sus explicaciones y evitar decir frases como: ‘la que se está separando soy yo’ o ‘el que está sufriendo soy yo, no tú’ ”.

La validación, el aceptar y ver su dolor, permite acoger y proteger al niño. En concreto, esto es estar disponible para acompañarlo, para conversar, para preguntarle cómo está, qué piensa y para expresarle directamente que saben que está sufriendo. “La validación también se logra con gestos, con actos concretos de cercanía, con proximidad física, con preocupaciones claras por el hijo, con tener la disponibilidad de pensar y de adelantarse a lo que le puede estar pasando”, concluye Valentina Quinteros.

Otro gran pilar para proteger a los niños de un nuevo trauma, es intentar desplegar adecuadas respuestas del entorno. Es decir, pensar y actuar de la mejor manera en cuanto a cómo se plantea, se enfrenta y se procesa una separación.

Dentro de estas respuestas es clave:
1.- Dejar en claro al hijo que el nexo parental NO se va a romper.
“El papá no va a dejar de ser papá y la mamá no va a dejar de ser mamá”, recalca Eduardo Jaar. “Hay que explicar que se van a separar, pero no van a desaparecer en cuanto madre y en cuanto padre. El vínculo parental es de por vida. Y aunque tendrán un contexto distinto, con cambios que es bueno transparentar, ese vínculo seguirá existiendo siempre”, añade Valentina Quinteros.

El punto es que para que esto tenga sustento es muy importante, según Jaar, la calidad de los vínculos que se hayan formado previamente. “Es fundamental haber tenido con los hijos una historia cargada con encuentros cara a cara, con espacios para conversar, para compartir, para darle tiempo y para el intercambio de ideas”. Con esa base, es más fácil asegurar al hijo que no perderá a su padre ni a su madre.

Complementa esta visión Quinteros, quien explica que efectivamente se les puede asegurar que el amor hacia ellos como padre y madre permanecerá siempre y aunque estén separados. Pero ese amor tiene que demostrarse. “Los niños no se alimentan de abstracciones, sino que de acciones concretas. Por ejemplo, ellos dicen: ‘mi mamá me quiere por que me da una comida rica, porque me da un beso, porque me cura las heridas’. Es decir, para ellos la construcción del amor es con acciones reales”.

Por lo tanto, en una separación y posterior a ella, estas demostraciones tienen que ser concretas, estables y, en lo posible, predecibles en el tiempo. Se hace también muy necesaria la coherencia: “La concordancia entre lo que uno promete y hace es fundamental. De lo contrario, para los niños es horrible, los desregula y los confunde. Y en esto son expertos en darse cuenta”, concluye Valentina Quinteros.
2.- Conversar en forma adecuada con el hijo.
Las conversaciones son clave y en ellas lo primero es la verdad. No son válidos argumentos como que el padre se va de viaje, ni tampoco tesis como que la vida no cambiará en nada. Pues si bien, aunque en el mejor de los casos, todos se comprometen a mantener la mayor estabilidad posible, en la práctica el contexto cambia: alguien se va a vivir a otro lugar, ya no se ven todos los días, pasan a tener una frecuencia de contacto menor, cambian los espacios, los tiempos, las rutinas…

Todo esto es bueno hablarlo, anticiparlo y reconocerlo. “Los niños se dan cuenta de todo, no sirve esconder la información o contar historias ficticias. Al hijo no se le miente y la meta es dar tranquilidad a las dudas que puedan surgirle, con palabras y con acciones”, explica Jaar.

Al mismo tiempo, Valentina Quinteros hace un llamado a ser cautelosos en las frases y aseveraciones que se hacen. “Por ejemplo, decirles: nos vamos a separar porque nos dejamos de querer, no es un buen argumento. En ese caso, hay que aclarar que eso pasa con ciertos vínculos y entre adultos... Porque los niños pueden aplicar la misma regla para ellos y pensar ’A mí también me puedes dejar de querer’ ”, dice Valentina Quinteros.

En conclusión, las explicaciones deben ser válidas, honestas, dosificadas y de acuerdo a las características de los niños. “Es importante tener en cuenta la edad, su historia de adopción, su grado de madurez, su nivel emocional, etc.”, concluye Valentina Quinteros.
3.- Tener una adecuada red de apoyo
Finalmente, en cuanto a las respuestas del entorno, otro elemento importante a tener en cuenta, es el despliegue de una red de apoyo. Según Eduardo Jaar, “la separación es un proceso doloroso. Por lo mismo, es común y se ve mucho que uno de los dos padres caiga en una depresión. Una depresión que puede ser declarada o bien encubierta, es decir la persona no se da cuenta, pero está más irritable o con menos disponibilidad emocional”.

Sin duda, esta situación dificulta esa necesidad de demostrar con todas sus letras que se sigue siendo madre y se sigue siendo padre. Es más, puede hacer sentir a los niños una total desprotección y desamparo, que es justamente lo que se debe evitar.

En este marco, es bueno estar abiertos a la posibilidad de buscar ayuda de un especialista o alguna terapia. También son bienvenidas y resultan muy eficientes las redes cercanas: la familia, los abuelos, los amigos, los vecinos. En el fondo, personas que pueden estar afectivamente disponibles y organizadas para actuar y para acoger las penas y los temores de los niños, mientras sus padres no lo están. Según Valentina Quinteros, “las redes son súper importantes, porque descongestionan temporalmente a los padres, que necesitan un tiempo para volver a estar bien”.
Para tener en cuenta
“La separación de la pareja es un proceso y, por lo tanto, la persona pasa por distintas etapas, en donde se va a cuestionar la estabilidad, la proyección de su relación de pareja y, en un principio, no va a tener muy claro si prefiere estar con esa persona o quedarse solo. Es un proceso que ocupa mucho tiempo y que se caracteriza por una profunda reflexión interna”, explica Eduardo Jaar.

Por lo tanto, “finalmente la determinación de separarse es recomendable tomarla cuando se haya podido madurar y avanzar en el procesamiento real de que su relación de pareja se agotó y se acabó, con todo el duelo que eso implica”.

Porque de lo contrario, dice Jaar, “pasan a ser procesos muy impulsivos,  impredecibles e inestables, donde se ve parejas que se separan, después vuelven y después rompen de nuevo. Eso genera en los hijos muchísima inestabilidad”.
fuente: Revista Adopción y Familia, n°10, pp. 40-42

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